© Pepe Callejón. Haikú Dj.
La retirada de España de Eurovisión 2026, tras la decisión de la UER de mantener a Israel en el certamen, es un gesto que merece ser celebrado como un acto de coherencia y dignidad. RTVE había advertido que no seguiría participando si Israel continuaba, y ha cumplido su palabra, alineándose con otros países como Países Bajos, Irlanda y Eslovenia. En un festival que siempre ha estado atravesado por intereses políticos, España ha decidido no ser cómplice de una contradicción flagrante: expulsar a Rusia por la invasión de Ucrania y, sin embargo, permitir que Israel participe mientras mantiene un bloqueo que asfixia a Palestina.
Es aquí donde conviene responder a voces como la de Dana, que acusan a España y a los países que se retiran de sembrar odio. El odio no lo generan quienes se apartan de un escenario festivo que se ha convertido en escaparate de narrativas políticas, sino quienes con una mano celebran la música y con la otra perpetúan políticas de hambre y represión. Israel no puede pretender que su participación sea inocente o neutral, porque Eurovisión nunca lo ha sido; es un concurso de música y color, sí, pero también un espacio donde las tensiones geopolíticas se exhiben disfrazadas.
España, al retirarse, no se rebaja; al contrario, se eleva. Porque la dignidad artística también consiste en saber decir “no” cuando las reglas del juego están viciadas por lobbies y presiones. Las votaciones de Eurovisión hace tiempo que dejaron de ser un reflejo transparente del talento musical: son pactos, alianzas y equilibrios de poder. Si España quiere ganar, no lo hará en un terreno donde la música es secundaria frente a la política. Y si lo que se busca es socializar, hay otros caminos más honestos y menos contaminados.
Por eso, felicitar a España es reconocer que ha sabido ser coherente, aunque siempre hay representantes políticos fachas como Feijóo que se alinean con Israel por conveniencia económica y por una xenofobia antiislámica que no sorprende a nadie. Pero la decisión de RTVE marca un contraste claro, porque no se trata de conveniencia sino de principios.
La suerte del Benidorm Fest, que seguirá celebrándose, es ahora más importante que nunca. España debería apostar por darle mayor proyección, incluso internacional, invitando a artistas de otros países y convirtiéndolo en un festival alternativo que recupere la esencia cultural y festiva que Eurovisión ha perdido. No sería descabellado pensar en un modelo similar al Intervision que Rusia impulsó en su momento, un espacio donde la música pueda brillar sin estar sometida a las presiones de bloques políticos.
La ausencia de España en Eurovisión se presupone larga, porque Israel seguirá contando con el respaldo de la UER. Pero esa ausencia no es un vacío, es una oportunidad para reinventar la manera en que España se relaciona con la música internacional. Y en esa reinvención hay más dignidad artística que en seguir participando en un festival que ha dejado de ser lo que prometía.
España merece ser felicitada porque ha demostrado que la coherencia, incluso en un concurso de canciones, puede ser un acto político y cultural de enorme valor.
© Pepe Callejón. Haikú Dj.
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